“El emplazamiento fundamental de la modernidad es el “técnico”. Dicho emplazamiento no es técnico porque haya máquinas a vapor y posteriormente motores de explosión, sino al contrario: si hay cosas tales es porque la época es “técnica”. Eso que llamamos técnica moderna no es sólo una herramienta, un medio en contraposición al cual el hombre actual pudiese ser amo o esclavo; previamente a todo ello y sobre esas actitudes posibles, es esa técnica un modo ya decidido de interpretación del mundo que no sólo determina los medios de transporte, la distribución de alimentos y la industria del ocio, sino toda actitud del hombre en sus posibilidades; esto es; acuña previamente sus capacidades de equiparamiento. (…) A esta sumisión acompaña la actitud de poner a todo bajo planes y cálculos para, a su vez, aplicarlos a amplios períodos de tiempo, con el fin de poner a buen recaudo de una manera consciente y voluntaria a lo susceptible de duración, mediante una duración tan grande como sea posible.”
“Esta voluntad es, desde hace tres siglos, la oculta esencia metafísica de la modernidad. Aparece bajo esbozos y ropajes diversos que no están seguros de sí mismos, ni de su esencia. Que esta voluntad obtenga en el siglo veinte la figura de lo incondicionado, lo ha pensado ya de antemano Nietzsche con claridad. Tanto el querer acompañar a esa voluntad de dominación incondicionada del hombre sobre la tierra como la ejecución de esa voluntad, albergan en sí esa sumisión a la técnica que, por ello, no aparece tampoco ni como contravoluntad, ni como no-voluntad, sino como voluntad, lo que significa que también aquí es realmente efectiva.”
“Puede que las circunstancias políticas, las situaciones económicas, el crecimiento demográfico y cosas similares sean los motivos y sectores más práximos para la ejecución de esa voluntad metafísica de la historia acontecida del mundo moderno, pero nunca son su fundamento ni su meta. La voluntad de conservación, y esto significa siempre la voluntad de incremento de la vida y de su duración, trabaja a sabiendas contra el ocaso, sin ver en aquello que tiene poca duración más que lo defectuoso y sin vigor.”
(Martin Heidegger, Conceptos fundamentales. Madrid, ED. Alianza, 1989. págs. 45-47)