LA MUERTE DEL LIBRO

Después de terminar de leer uno de los libros más interesantes que he leído este año y que más bien era digno de estudio, -por lo que ni siquiera he contestado a esos típicos curiosos que te ven leyendo con interés y te dicen “¿y cuanto te demoras en leerte todo ese libro?”, tomándome todo el tiempo que necesitaba para digerirlo bien y aprender algo de él- bueno, después de leerlo digo, he tenido la tentación de escribir sobre la muerte del libro.

¿La muerte del libro? Sí, la muerte del “objeto” libro. Esa muerte que ya hace tiempo vienen prediciendo los dominadores de la computación o informáticos a la par con los panfleteros de la cultura de la imagen.

Es curioso que aunque estos modernos predicadores del apocalipsis cultural se olviden que todos los actuales productos (incluso el tan servicial procesador de texto) se basan en el simulacro de los soportes materiales que antes, es verdad, más trabajo nos daban, de todas maneras incluso en el mundo administrativo no se prescinde de la impresión, y que muchas veces sólo cuando se imprimen los textos o documentos se advierten los errores, dando cuenta sólo al pasar que nuestros sentidos aún dependen del choque con la materialidad para detectar la existencia real de algo. La lectura del papel real y no del simulacro sigue guardando un placer y comodidad únicas. O ¿será que todavía nuestra percepción es menos virtual que lo que pueda llegar a ser más adelante? Bahh! Es curioso, repito, que aunque no se den cuenta de la sobreestimada estupidez que pregonan con tanta altanería, tengan razón cuando se trata de decir que el libro como tal ha muerto.

Es que es una pena, es verdad, pero basta comparar (de ahí mi motivo) lo que yo estaba leyendo, que creo debieran leer todos para su beneficiosa liberación, con los libros que se venden en las librerías más cercanas, para entender que algo está pasando. Y es que ya ni los ignorantes cuicos que entran a los grandes supermercados o librerías compran esa pomada que hace algún tiempo eran grito y plata (libros de autoayuda, best seller de todo tipo, o libros de cocina, de decoración, etc.).

Y ahí están, apilados unos cuantos títulos que ya ni albergan algún conocimiento de interés, sin advertir la existencia de grandes filósofos, novelistas, poetas o intelectuales de todo tipo. Títulos sin brillo propio, pero con atractivos colores y tamaños,  destinados a desviarnos al parecer del impulso real que existía en el hecho de leer una verdadera obra, ya sin ser ni tomados en cuenta. Con ello, claro que el libro murió… murió por subestimado.

Con ello ha desaparecido también todo concepto de obra y  todo concepto de autor, eso se sabe. Lo que no se sabe es que también con ello ha desaparecido el concepto de inteligencia y saber.  Entonces podremos seguir más ignorantes, que para eso sí que todo esto parece cooperar… para que no nos demos ni cuenta. ¡Qué virtud no!  (  o  virtual?)

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