El estructuralismo  y la apertura de las formas   tradicionales de conocimiento en las ciencias sociales

enero 8, 2016

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Naciente a mitad del siglo XX en Francia, esta corriente que no es ni totalmente método, ni menos un campo concreto de estudio, se gestó desde las ciencias humanistas particulares reabriendo un frente – y  un referente- para la discusión de cientificidad para las ciencias sociales al alero de la filosofía, o más bien dicho, al alero de la discusión filosófica de una nueva episteme.

Esta “corriente” venía a ser heredera de un cúmulo intelectual de producción que se alejaba y cuestionaba a la vez la producción establecida (social y científica) de un conocimiento puramente académico. Varios son los autores que se reconocen en el horizonte de esta tradición –si pudiera llamársele así por razones cómodas- como figuras cruciales de esa práctica; los trabajos sobre religión arcaica de Mauss, los ensayos de Georges Bataille,  por nombrar algunos, son permeables a las influencias de distinto orden de prácticas científicas y especulaciones filosóficas aplicadas a los temas y campos más diversos que podamos encontrar. La fenomenología husserliana, con el existencialismo,  producen en la intelectualidad francesa un ferviente interés por romper con los estériles límites académicos que se les presentaban como altamente reductivos o castrantes.

Padres Estructuralismo

Lévi-Strauss/Husserl/Mauss/Bataille

 

Según Pierre Bourdieu[1], por ese entonces se gestó todo un frente intelectual que se trató de incluir  – logro de Levi-Strauss- en un empeño de cientificidad naciente para las ciencias humanas emanada de la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure, de la cual ni siquiera la filosofía podía escapar  por tratarse de un elemento emergente desde las bases mismas a las que siempre tuvo que remitir para su actividad: el lenguaje.

Vale mencionar que para el estructuralismo el lenguaje es un sistema de signos paradigmático que permite escapar de una filosofía de la conciencia, que ve al conocimiento como una relación entre sujeto y objeto, lo mismo que  de un llano positivismo.  El lenguaje ofrece una dimensión para acceder al conocimiento que no se entiende como sujeto u objeto. Tampoco es un hecho que acontece en la realidad sin más.  La dimensión del conocimiento, revelada por el lenguaje, presenta una condición sistémica en donde el diseño (Roland Barthes dirá “el simulacro”) es la única posibilidad dada para adquirir resultados.

La estructura como “concepto epistémico” nace en un horizonte de sentido otorgado por dimensiones antes desatendidas, como la concepción de “sistema de oposiciones” (propias del lenguaje) que otorga el valor diferencial a los elementos del signo al interior del sistema; las dimensiones diacrónica y sincrónica, que permiten articular el orden de los factores incidentes en los procesos sin caer en historicismos, es decir, sin negar la coherencia de un proceso en un estado actual o presente; y el reconocimiento de lo arbitrario del signo, aspecto aún más revelador si tomamos en cuenta que en la historia de la filosofía no podía reconocerse este hecho (se lo aislaba y reducía) sin caer, al parecer de los filósofos, en la ilegitimidad.

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Todo esto permitía que el término -no nuevo- de “estructura” viniera a innovar, por medio de un uso más estricto, autorizado por su etimología, la forma de pensar y  aprehender los fenómenos sociales más diversos en su incidencia efectiva dentro de la  producción humana.

Al decir de Jacques Derrida, este término no era nuevo en la historia de la filosofía, había sido usado recurrentemente, incluso en la metafísica antigua, para organizar la coherencia que las totalidades o unidades epistémicas requerían en el juego de su razonamiento universal. Pero lo paradojal es que la estructura en la filosofía había cerrado el “juego estructural” por medio de la aplicación a ella de un centro que quedaba tanto dentro como fuera de la estructura. Causa quizá por la cual nunca había sido a su vez motivo de reflexión en sí misma. El centro de la estructura entonces –arché, telos, ousía- venía cerrando el juego que permite pensar no solo la totalidad, sino que niega la posibilidad de pensar la estructuralidad de la estructura,  la apertura de su juego:

 

“El concepto de estructura centrada –aunque representa la coherencia misma, la condición de la episteme como filosofía o como ciencia- es contradictoriamente coherente. Y como siempre, la coherencia en la contradicción expresa la fuerza de un deseo. El concepto de estructura centrada es, efectivamente, el concepto de un juego fundado, constituido a partir de una inmovilidad fundadora y de una certeza tranquilizadora, que por su parte se sustrae al juego. A partir de esa certidumbre se puede dominar la angustia, que surge siempre de una determinada manera de estar implicado en el juego,…”[2]

 

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La filosofía europea ha sido un largo recorrido por este deseo. Su discurso ha sido siempre interrumpido para proseguir ese deseo de manera aún más plena y fundamentada. Sólo ha sido dislocada por medio de una crítica al lenguaje, crítica al mismo tiempo de un ímpetu por el logro de un lenguaje universal. Por ejemplo: la crítica al etnocentrismo por la etnología. La etnología no podía sino nacer en el mismo momento en que se pone en cuestión el etnocentrismo.[3]

 

Se ha abierto ciertamente un espacio para un trabajo que en la idealización tradicional no tenía posibilidad de presentarse legítimamente. El lenguaje desde ahora no será centrado en un solo eje. Oportunidad crítica única para la exploración de discursos alternativos en una trama articulada por un juego dúctil pero conexo.

Derrida reconocerá la grandeza de este nacimiento en saber utilizar los conceptos de la tradición para salir de ella. El mérito de Levi-Strauss en ello, y que él reconoce no sólo ilustrativamente, es reincorporar el valor de ciertas distinciones que la misma ciencia social moderna se había visto obligada a dejar de lado, como es el caso de la distinción entre “naturaleza” y “cultura”. Les otorgará aún un valor, aunque sólo metodológico, de acercamiento a un cierto descubrimiento que, –dirá Derrida- , quizá esté a la base misma de esa diferencia.

En “Las Estructuras Elementales del Parentesco”, obra a la que se refiere aquí, la única forma científica de distinguir naturaleza de cultura, no es viendo donde comienza la una y termina la otra, ya que ningún análisis real permite, pues, captar el punto en el que se produce el pasaje de los hechos de la naturaleza a los de la cultura, ni el mecanismo de su articulación sino atribuyendo a una la arbitrariedad (cultura) y la universalidad a la otra (naturaleza).[4]

Se descubre un hecho singular, la prohibición del incesto. Ley o norma convencional, es decir arbitraria en cierto modo, pero efectivamente universal, dado que no hay cultura que no la observe. Escapa tanto a los hechos atribuibles a la cultura y a los atribuibles a la naturaleza por medio de una doble exclusión. La oposición de naturaleza v/s cultura puede ser un revestimiento externo de una situación que prescribe al incesto como prohibición, motivo real que deja impensado esta tensión, la oculta en su verdad antropológica. Entonces lo  fundamental queda, de cierta manera, oculto a la conciencia humana, manifestándose (las estructuras) a un nivel inconsciente.

 

¿Significa este descubrimiento etnológico que no hay forma científica aplicable a las ciencias humanas? La respuesta acelerada no es justificada por el estructuralismo. Es más, los hechos son los únicos legítimamente dotados para exigir una reestructuración del sistema que los explica, por lo tanto la ciencia tiene siempre algo que decir, más aún a un nivel de estructuras inconscientes.

Para Derrida más importante aquí es ver cómo un cuerpo conceptual utilizado por la etnología sirve como marco metodológico provisorio. El contenido tradicional de un orden excluyente (o es natural o es cultural) se ha transformado, en cierto sentido, en forma. Un contenido ha pasado a ser virtualmente una forma para operar en toda su riqueza transitoria. Podríamos concluir entonces que nunca debió entenderse como un contenido, es decir, como una diferencia real.

Barthes-Bourdieu-Derrida

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El estructuralismo lleva todo esto a cabo bajo una crítica al pensamiento sustancialista de la metafísica puesta en cuestión por medio de una crítica lingüística. Una crítica al lenguaje que reconoce -en esta línea de pensamiento- que no es posible tal crítica sin el uso del lenguaje heredado por ese pensamiento. Es por eso que el estructuralismo se erige como una producción epistémica a través de una reflexión dirigida estructuralmente, esto es, a la vez a un “objeto” de estudio y a los procesos discursivos que lo hacen o tratan de evidenciarlo. El resultado es una renuncia a una exposición que pretenda revelar un “origen” causal de los fenómenos para abrirse de entrada al juego de las paradojas que esta crea, haciendo patente o insinuando su compromiso con otros sistemas paralelos.

Al parecer, el caso paradigmático de este ejercicio evocado por Derrida, otorga la posibilidad de convertir el pensamiento en una herramienta, sin por eso caer en puritanismos praxiológicos. Convertir  sería aquí algo así como poder encontrar las diversas posiciones en la articulación, sin excluir, reducir o marginar su juego. Entonces, si para Derrida, por ejemplo, en la estructura centrada la “coherencia en la contradicción” es expresión de un deseo, también podemos decir, inversamente, tratando de mantener el sentido profundo del enunciado, que la contradicción, o la paradoja –especie de contradicción aparente-, es signo o expresa la razón de un límite, el límite de un razonamiento… el límite de una idea impuesto por la realidad a la que se enfrenta.

[1] P. Bourdieu, “ Fieldwork in philosophi”, en: Cosas Dichas. Barcelona. Gedisa, 1996. pp.17-20.

 

[2] J. Derrida, Op. Cit., p 384.

[3] Ibid. p. 388.

[4] C. Levi-Strauss, Las Estructuras Elementales del Parentesco, Barcelona, Paidós, 1969 .p 41.

Hubiera sido interesante si Derrida hubiese mostrado cómo Levi-Strauss llega a ello por medio de una revisión de los estudios científicos, seguramente de orientación darwiniana, incapaces de demostrar el paso de una dimensión a otra por uno u otro extremo; el trabajo con chimpancés antropoides y su decepción por la incapacidad de significación, aún con las condiciones físicas para ello; o los estudios de los niños abandonados en la selva, que tanto animaron la imaginación del siglo XVIII, y su incapacidad de demostrar un estado anterior a la humanidad. Prefirió pasar directo a lo que le interesa: la disolución de la falsa distinción por el descubrimiento levistrauriano.

 


SOBERANÍA en Georges Bataille

junio 16, 2014

Un acercamiento  al  concepto de Soberanía  en  Georges Bataille  para una lectura contingente del servilismo al pie de página.

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“…, y finalmente, puse en práctica un medio que no falla jamás  

con las mujeres: la adulación. En el mundo no hay nada tan difícil

como la franqueza, ni nada tan fácil como la lisonja.

Si en la franqueza existe aunque no sea más que una centésima

parte de nota falsa, se produce inmediatamente una disonancia, 

y después de la disonancia, el escándalo.

La lisonja, en todos los casos es falsa hasta la última nota, es agradable,

y todos la escuchan con cierta delectación, con una delectación

grosera quizá, pero delectación al final. Y por grosera que parezca

la lisonja, la mitad de  ella, si no más, parece legítima.

Y esto para las personas de todas las categorías

                       de la sociedad, sea cual fuere su nivel  intelectual.”

          (Svidrigailov, en “Crimen  y Castigo” de Fiodor Dostoievski)

 

 

Desde algún tiempo a esta parte he creído firmemente necesario hacer pública la exposición de ciertas ideas dirigidas a comprobar una posición sobre cuál es el substrato cultural e ideológico existente en  nuestra sociedad chilena. Dicha posición se ha agudizado con la reveladora lectura -detenida e intencionada- del  texto de Georges Bataille[1].

En el contexto del siguiente artículo esa posición viene a presentarse negativamente y al “pie de página” (Designación y ubicación que me parecieron idóneas y altamente sugestivas), porque tratándose del tema del sentimiento soberano, este autor no pudo por menos de sugerirme por contraste la presencia de un  sentimiento servil  reinante en nuestra cultura actual.

Al enfrentarse al inefable deseo, tanto emancipatorio como de conquista, que ha marcado a la cultura occidental, y que en el marco de lo expuesto por Bataille es comprendido casi como un campo ambivalente de relaciones entre los seres humanos, es penosamente inevitable constatar lo bien que nos ubicamos en uno de los extremos de una misma cuerda.

 

Para comenzar a comprender esta ambivalencia de relaciones basta con reconocer inicialmente que no existe soberanía sin servilismo.  Es la soberanía un estado desplazable o alienable, que no puede negarse en uno mismo sino en provecho de otro. Este hecho irrefutable nos revela otro más importante: la soberanía no desaparece de la vida como algo innecesario o accesorio de lo cual podamos simplemente renunciar de una vez y para siempre, algo que no sería constitutivo de la vida misma. Si respondemos a esto, se hace necesario entonces hablar de ella no sólo políticamente (esfera propia de la que solemos dar ejemplo al momento de mencionarla), sino y sobretodo como aquello que merece nuestra atención íntima, dignidad dimanada de aquel movimiento que genera el espíritu humano en general. Es ahí como esta necesaria oposición entre lo soberano y lo servil puede ser entendida fundamentalmente como una experiencia interior y no sólo como una experiencia objetiva de la historia humana. Experiencia entonces, no limitada al desarrollo de la secularización  (fenómeno político que en su momento diera origen a los estados nacionales).

 

La interdependencia que podamos establecer ahora entre soberanía y servilismo, se estrecha más, al mismo tiempo que nos otorga un mayor espectro de situaciones donde encontrarla. La encontraríamos en la enfermiza relación entre sádico y masoquista tanto como en el simple cortejo, cuando asumimos roles de amantes o de amados;   desde aquel silencio que guarda quien nada quiere reprochar a quién es claramente réprobo  hasta el más fanático apoyo despertado por los déspotas;   desde las más fuertes resistencias de las grandes agrupaciones gremiales hasta el más mínimo acto de espionaje de la señora adepta a su alcaldesa “linda”.

 

Ahora bien, cabe evitar algunas asimilaciones simplistas que puedan seguirse de lo dicho al principio o de lo que se dirá más adelante. Y es que en la paradojal visión de Bataille el servilismo no es equivalente, por ejemplo, al servicio que pretende  la  caridad enseñada por una doctrina como la del cristianismo. Ésta debiera estar motivada primordialmente hacia el bien de otro por medio de un desprendimiento del propio “yo”, sugiriendo por ende cierta supremacía del amor por sobre aquél acto (servil) que se realiza en la oculta intención del provecho propio y el reconocimiento de quién ante sus ojos “adopte” el carácter de soberano.

Pero esto se deducirá del desarrollo final del artículo. Por ahora podemos decir que para Bataille, los términos tratados no responden a su sentido restringido. Es por eso que llega incluso y por otra parte, a reprochar a Nietszche el haber confundido la soberanía con el poder.

 

Antes de entrar en más detalles y como forma de constatar el sentido común de estos términos es necesario que revisemos primero los diversos sentidos que se suele encontrar en una enciclopedia cualquiera,  como significado de soberanía:

 

1.-Calidad de Soberano, dominio.

2- Dominio de un país sobre otro.

3- Independencia de un país.

4- Dignidad suprema del poder público.

5- Excelencia no superada en cualquier orden natural.

 

Llama la atención en un primer momento el hecho de que los sentidos 2 y 3 sean tan antagónicos dentro de la práctica habitual de un diccionario. Visualizados en la práctica del derecho, un peligro formal: ¿Cómo pueden ser ambas manifestaciones atribuidas a una misma noción?   Lo que la soberanía es en un caso asimilable al acto tiránico, en otro, totalmente opuesto, viene a legitimar el derecho propio a la autonomía.

Esto es uno de los aspectos desconcertantes que posee el concepto y que sólo se esclarece cuando se la entiende como dependiente de la condición material o servil: como el triunfo o culmen de toda fuerza invertida que ve el cumplimiento de su desarrollo.

 

La filosofía clásica, más cercana a las prácticas políticas y sociales de variado tipo en la antigüedad, sabía bien de esto cuando proponía el “Dominio de Sí” como única forma de vivir la libertad.

Esta fórmula tan señalada en moral, el “dominio de sí”, no nos aproblema en lo más mínimo en esos actos del habla común que adquieren ribetes imperativos. Pero sí nos atormentarían si pusiéramos el acento en la trágica dualidad que conlleva, o el absurdo aparente que mostraría, un tal dominio de uno mismo sobre uno mismo. Absurdo más que suficiente para comprobar la existencia de fuerzas opuestas en nuestro propio interior, tanto como en el trato social permanente.

 

La significación última (5): “Excelencia no superada en cualquier orden natural”, vendría a englobar todos los sentidos.   La  Soberanía entonces sería cierta nota característica de determinados poderes,  por la cual estos no estarían sujetos a ningún otro poder superior, constituyéndose en la más alta autoridad.

 

Ahora, para Georges Bataille la soberanía así presentada detentaría una cualidad trascendente o divina que el hombre sólo podría conocer en sí mismo negativamente. Sin negar nunca la existencia de lo soberano como tal, nos dirá que los “momentos soberanos” son aquellos momentos absurdos que se resuelven en NADA. Y esto porque no se subordinan a NADA, ni siquiera a un “sentido”. Un breve catastro de ellos bastaría para entender: la poesía, la fiesta, el horror, el juego, el erotismo, las lágrimas felices, la risa o la embriaguez. Son momentos en los que el orden teleológico, el desarrollo del pensamiento, la finalidad, objetividad y utilidad, -todo aquello guiado hacia un fin productivo-, por decirlo de algún modo, se quiebra. La muerte lo es por antonomasia, pero también con ella toda vivencia irreductible y paradojal.

 

La soberanía aquí es difusa, más por su carácter irruptor en la subjetividad que por su carácter innegable en el plano natural. Por ello, en la antigüedad pareció necesario hacerla visible y presente proyectándola en una única persona,  voluntad individual que representaba su “real” existencia.

Por su lado, la práctica religiosa se encargaba de darles a los momentos difusos una fuerte asociación hacia lo que de “milagroso” parece desprender el misterio de toda vida humana.

 

Esta complicidad subsidiaria entre “misterio” y “ministerio” es fundamental en la formación de las más elementales instituciones humanas, así tanto las religiosas como las reales. Y se sustentan con la   “…posibilidad dada en cualquier hombre, de percibir en otro su verdad interior y la dificultad que tiene a su vez de percibirla en sí misma.[2]

Este es un factor decisivo a la hora de preguntarse por la prolongada estabilidad de la supremacía aristocrática. Factor originante a fin de cuentas de un servilismo objetivo.

Ahora bien, este servilismo objetivo pretende en su base una efusión subjetiva que la sustente. Y debiéramos preguntarnos qué es lo que esta subjetividad supondría como soberanía.

Cuando el sujeto se reafirmó a sí mismo, la vivencia soberana debió representarse en actos de una voluntad excepcional. De modo fundamental la soberanía se manifestaba como aquel  “rechazo a aceptar los límites que el miedo a la muerte aconseja respetar para asegurar generalmente, en la paz laboriosa, la vida de los individuos.”  Así también “el soberano, el señor, opone al horror de la muerte el riesgo de morir”[3] Y con esto, dice nuestro autor, no se tiene en mente más que esa soberanía, perdida en el mundo de la praxis política, de la cual el mendigo a veces puede estar tan cerca como el gran señor.

 

La soberanía entonces es prerrogativa de todo sujeto, pero comúnmente reconocida sólo íntimamente, a escondidas del cuerpo social, que arrastra al individuo  a una hipocresía servil y convencional.[4]

Las preguntas lanzadas por nuestro autor a este respecto son tan categóricas como desmantelantes: ¿Quién es capaz de reconocer en público que trabaja para vivir?   o  ¿Quién es capaz de reconocer que la carne le atormenta? Preguntas dirigidas con el propósito de constatar, en cada uno de nosotros, el desvínculo espontáneo con nuestra propia intimidad.

 

Nos vemos, al parecer, obligados a admitir (no sin una postura) que dominamos de buen grado nuestros instintos, así como a veces llegamos a afirmar que “vivimos” para el trabajo.

Georges Bataille cree que todo este desvinculo  se suscita por un aspecto económico general, y es que la vida soberana  “…comienza cuando, asegurado lo necesario, la posibilidad de la vida se abre sin límite.”(Ibid. pág.64)

Con esto se atreve a afirmar que todo el movimiento general de la vida interior del hombre es impulsada desde las condiciones exteriores y materiales por las que se consagra deseosamente.  Ante las reacciones temerosas del “cuerpo social” es inevitable que estas adquieran una forma enmascarada, una especie de “giro”, que es lo distintivo de lo que llamamos cultura, y que serían los revestimientos sociales, externos, de las formas en las cuales se retraduce para darle algún curso.

En relación a esta condición económica, la actitud que distingue entonces a la soberanía es el consumo del excedente producido por el trabajo servil;

 

…es soberano el goce de posibilidades que la utilidad no justifica  (la utilidad: aquello cuyo fin es la actividad productiva).  El más allá de la utilidad es el dominio de la soberanía.[5]

 

Dimensión a la cual todos damos tributo por estar asentada firmemente en el corazón humano aunque con manifestaciones públicas contradichas a su propio instinto.

Se hace comprensible que la actividad práctica en general y política en particular quede relegada del sentir popular adoptando un matiz servil a los ojos de la gente, quien mayoritariamente no logra disociarla del enfangamiento.

 

Es por este factor tan decisivo de la experiencia que estamos vislumbrando, por el que  se tuvo que dar originariamente, en un primer momento, la necesidad de proyectar en un sujeto único e individual, el Soberano, la unidad objetiva de lo que solo es dable aisladamente.  Lo que nosotros, seres contemporáneos, podemos formarnos en momentos separados como la poesía, el éxtasis o la risa.   El Soberano era la imagen de las posibilidades que se cerraban al común de los mortales.

 

En el mundo del primado de los valores útiles, el sentido global de estas formas no aparece nunca.  Pero la preocupación constante del hombre arcaico fue, por el contrario, hacerlo claro, visible, y darle un aspecto que predominó.[6]

 

Fue así como

 

las instituciones soberanas del pasado existieron objetivamente.  En suma, eran la afirmación objetiva de la unidad de los momentos soberanos, que de una manera difusa se manifestaba a través de los hombres.  El rey, era el reflejo de la soberanía global implicada en los movimientos íntimos de la muchedumbre.[7]

 

El individuo de la multitud, que, durante una parte de su tiempo, trabaja en beneficio del soberano, lo reconoce, es decir que se reconoce en él (…) el soberano es para él la existencia interior, la verdad profunda, a la cual remite una parte de su esfuerzo.  El portavoz de los otros era tal en la medida en que representaba su intimidad, no los miembros que trabajan, análogos a cosas inertes, a instrumentos subordinados.[8]

 

Sólo forzando un poco el contexto antropológico en el cual expone Georges Bataille su objeto de estudio es como podemos adentrarnos en constataciones  políticas actuales.  Entonces estaremos en condición de cuestionarnos el apogeo que parece tener hoy el servilismo en nuestra sociedad. En la antigüedad la soberanía se fundamentaba en la aceptación del misterio de lo propio-humano. Hoy en cambio es el servilismo el que se ha vuelto misterioso y velador.

Amenaza con su enfermiza aparición (más el manejo útil de algunos bribones que manipulan con astucia nuestra condición latina, proponiéndose como imágenes soberanas[9]) cotidiana y secretamente cualquier intento honesto de mejoría en los ámbitos del quehacer nacional. Un Status Quo mantenido por fuerzas irreconocibles; oscureciendo las intenciones de nuestros actos y discursos. Esta patología puede incluso sentirse  en la impronta de aquellos dignatarios medios que proclaman servir. Arrastrados por lo que ellos llaman “responsabilidad”, aún cuando esta sea exigida por ellos en una acepción vulgar e inverosímil, dilatan hasta el sosiego espiritual la voluntad verdadera de regeneración.

Por otro lado, en apoyo viene la moda de trastocar los términos éticos de toda especie como nunca antes en las prácticas de asimilación y acomodación.  Una verdadera contra-significación instalada en el habla común, todo un lenguaje “coa” para el ciudadano que deba “saber” involucrarse…   Público significará “Lo aparente”; Lealtad significará cinismo; “Espíritu de superación”…trabajo desinteresado;   “Cambio”…perpetuación;  “Responsabilidad” como mucho “heteronomía” sino mayormente “uso adecuado de las apariencias”;  Política…propaganda electoral.   Las significaciones mentales dictadas por la costumbre, asociaciones planteadas o introducidas por las prácticas dominantes.     Hay todo un movimiento de “Dilatación” que se hace llamar “Concertación” y ya es claro que la llamada “Alianza por Chile” es una “Alianza por ellos mismos”.

Entonces la costumbre resultante de todo esto parece ser, en nuestro ámbito político,  la manía de expresar lo contrario al propio pensamiento o quizá solo lo que André Bretón califica como un “rodear de secreto todo lo que podría uno estar concretamente en situación de hacer valer.” [10]

Los medios, todos los medios que el poder activo tiene a su mano, en este caso se perpetúan automáticamente por la población general y el aparato  burocrático en una suerte de solidaridad inconsciente.  “SI no puedes contra ellos úneteles”.  Sabiduría popular que aquí no es confesada a fuerza de que no es para nada confesable.

 

 

[1] “Lo que Entiendo Por Soberanía” es el título con el que se publicaron en la colección Pensamiento Contemporáneo de ediciones Paidós, Barcelona. 1996, los siguientes fragmentos del autor: unas notas esbozadas para una Introducción general a los tres libros de La Parte Maldita, la primera de las cuatro partes de que consta la Soberanía, y los dos últimos capítulos de la cuarta parte de esta última.

[2] Ibid. Pág. 105. / Hoy en día este fenómeno es revelador del sentir de nuestra sociedad. Bajo  un  preeminente servilismo se oculta una enajenación mayor de la vivencia soberana. Un desplazamiento en donde la soberanía del poder ha logrado perpetuarse imperceptiblemente a través del servilismo sostenido que asume la muchedumbre de manera auto-represiva.  Muchedumbre que gusta de engañarse a sí misma proyectando sus deseos más íntimos en una clase desvergonzada.  Se quiere ser como Ellos a costa de una identificación afectiva que requiere del reflejo de su diferencia, otorgando aura de autoridad a todo aquello que les es negado,  ahí donde incluso ésta podría no presentarse por estar libre y no sometida de facto a una obligación  contractual.

[3] Ibid. Pág. 85 y 83. / En este punto no conozco actualmente ningún ejemplo chileno.

[4] Aquí los ejemplos se hacen incontables.

[5] Ibid. Pág. 64. /  La juerga popular, la fiesta y los juegos, los goces clandestinos, las ceremonias públicas y festividades consentidas en ciertos momentos y espacios, el arte en general  (de forma poco coherente con esto se ha visto a esta última recibir los dardos conservadores) son viva muestra de lo dicho. También todo un campo dominado por cierta política que recrea este sentimiento en el gesto fácil y la farándula. Derechos que el pueblo guarda para sí pero que serán un bien manejable a la hora de disuadir.

[6] Ibid.pág. 92. /  Es interesante percatarse de que en Chile la, llamémosle,” pre-modernidad” se une de forma cómplice con la post-modernidad en el resultado propio de su historia colonial.  Aquí no se puede hablar de  un “primado de los valores útiles” en el sentido moderno aplicado por Bataille. Tampoco poseemos una antigüedad (ni arcaica ni clásica) en donde se haya manifestado la soberanía en los términos tradicionales que el autor atiende, resultando de ello esta otra particular lectura del desarrollo de la  Soberanía originada a partir de la relación contractual de Señorío-Servidumbre y de toda una “cultura de la hacienda” en que acá se derivó. Esta  sigue predominando de manera residual.

[7]Ibid. Pág. 94. / Es inevitable asociar, de forma espontánea,   a esta idea,  la idolatría contemporánea desenvuelta a través de los medios de masas. Las imágenes soberanas con las cuales se identifica la gente en cualquiera de las esferas en que se sitúen, ya sea en el deporte, el servicio público o el estrellato, siempre revelando lo comprendido como “íntimo”.

[8] Ibid.pág. 99. /  Ahora, en la sociedad heredera de los valores burgueses, aquella que logró relegar la moral juntamente con lo instintivo al plano de lo privado, es difícil que se manifieste este fenómeno representativo en la forma directa en que se presentó a lo largo de la historia.  La soberanía hoy es primordialmente espacial, toma sus límites en forma precisa pero mezquina.  Fuera del fenómeno de catarsis pública que mantienen ciertos ritos ya mediatizados en su mayoría,  se legitima desde la consigna popular del “tu libertad  termina donde comienza la de los demás”, regla que enmascara su verdadero sentido íntimo;… entonces; “Tu libertad comienza donde termina la de los demás” (escrito en un baño público).

[9] En este punto no se puede saber a ciencia cierta,  por no poder aislar una dimensión de otra en su existencia histórica, qué genera a qué, si el servilismo a su soberanía, tesis de Bataille sobre la sociedad arcaica, o si la soberanía de algunos (a veces restos del militarismo y ahora, cada vez más actualizada, una clase con todo un manejo mediático) enciende automáticamente al servilismo de otros. Me inclino por la última en el caso de nuestra sociedad chilena actual.

[10] “La Lámpara en el Reloj”, en Antología 1913-1966.

 


La Fábrica Mágica de “Educación”. Un mito para la responsabilidad y la mala fe.

diciembre 28, 2009

Se dice que hay dos modos de entender la responsabilidad: uno como heteronomía y otro como autonomía. Vale decir: una como un normarse por otro (o por la ley) y otra como un normarse por uno mismo (o en libertad). Esta última, a diferencia de la primera, y aún siendo un normarse –que es de lo que no puede prescindir ser-, es la más valorada por los verdaderos educadores. Y es que constituye esa condición cara al ser humano y que todos deseamos desarrollar de alguna manera, la Libertad.

Al ser profesor siempre he intentado, en mi práctica y más allá de las corrientes didácticas de moda alimentadas por la psicología y la tecnología educativa, de estimular la capacidad de decisión de cada alumno en su propio proceso de aprendizaje.

Pero ¡SORPRESA! He encontrado que el alumno, y  lo que es peor también los padres y apoderados, han sido últimamente liberados, incluso de la idea de libertad.

Puede que esto suene paradójico: que alguien pretenda liberarnos de nuestra libertad. Lo mismo daría decir que nos están esclavizando. Pero en el uso de la expresión pretendo que puedan diferenciar la libertad como un sustantivo, un algo, por así decir, sustancia muchas veces fetichizada por nuestro deseo -confundiéndonos y apartándonos de un recto sentido de la misma-, de aquel proceso propio que es la “liberación”.  Expliquemos el sentido entonces de la supuesta paradoja de “liberarse de la libertad”.

El sustantivo “libertad” nos confunde más que el verbo de “liberar” que es un claro “proceso de… y para…”, porque la hemos idealizado ya desde hace mucho por un uso mercantil y fetichizante impuesto en nuestra sociedad de consumo. De la liberación por otro lado nunca esperamos se aplique un uso perverso, que en realidad se hace, como una manipulación efectuada sobre éste, nuestro deseo de apropiación (de la libertad idealizada). Pero en fin, tenemos que nos han liberado de nuestra libertad, pero no en el sentido de liberarnos hacia el deseo de esa libertad idealizada (con la cual justamente, sea dicho de paso, realizan este juego de manos), sino más bien, nos han liberado de nuestra capacidad para responder con autonomía. Ese es el sentido ya no tan paradójico.

Y es que al no existir la libertad absoluta (idea confusa y confundidora) lo único que nos queda es la libertad como autonomía, es decir: aquel estado conquistado a partir de un verdadero proceso de liberación personal; liberación de las necesidades, los instintos y mezquindades, de nuestros prejuicios limitantes, etc. (y no ese patológico hacer lo que se quiera, está claro). Y esto es ya bastante decir, porque en realidad supone una conquista a partir de un trabajoso proceso del cual la mayoría de las veces no queremos ni oír.

Ahora, me detengo en esto y en este contexto, especialmente por quienes serán aquí mi objeto de estudio y que espero también sean mis principales destinatarios, a saber: aquellos chilenos que se han tomado  de la propaganda de una reforma educativa con la apariencia de una fábrica y lo que es peor, una fábrica con toda una dinámica de pretendidos efectos mágicos para la exigencia de unos resultados esperados.

¿Cuál es esa educación de efectos mágicos?

Primero, la educación que es sustentada por el mito de que ella es un servicio, un servicio como cualquier otro, claro está.  Ese servicio que uno exige por un precio, por una paga, como si la escuela fuese una especie de fábrica donde el muchacho(a) entra por un lado sin ser educado(a) y sale por el otro siéndolo(a), y en donde nosotros, los padres-clientes esperamos al otro lado como quien espera el pan caliente todas las mañanas.

El efecto mágico que exigen estos clientes a la escuela y al profesor, especie de mercader-chamán del proceso, se manifiesta a veces en una actitud despreciativa y desafiante de los alumnos en la sala de clases, llegando a ocupar sus pupitres como si dijeran: “¡Trata de educarnos. Vamos a ver si puedes!”.  ¿Y? es obvio que con esa actitud no se puede. ¿Quién podría dado lo unilateral que es tal postura dentro de una verdadera dinámica de enseñanza –aprendizaje?

Esta actitud despreciativa está afectando, según mi parecer, sobre el intento de creación de una masa crítica de algunos sectores bien definidos. Y es nuevamente esta falta de crítica la estimulante de un factor incidente en la perpetuación de las mallas del poder. Poder que a su vez la ha estimulado a ella misma, no cabe duda, al alejar al alumnado de este país de la posibilidad de apropiarse de su realidad para producir conocimiento para nuestro desarrollo humano.

Bueno, está siendo un factor que incide en una especie de reproducción.  Ya se ha denunciado hasta el cansancio: La escuela reproduce (da lo mismo que le llamen colegio y ya veremos porqué).

Cabe preguntarse a su vez por qué o por quien es puesta en marcha esta reproducción. Pero eso lo dejo a la imaginación del lector.  Sólo pretendo con esto abrir nuestra mirada desde el proceso-efecto producido en la sala de clases, que es de donde siempre debiéramos de partir en cualquier análisis sobre educación que no desee caer en quimeras.

Si vemos bien el rol de las actitudes despreciativa y cosificante dentro de la sala de clases, podremos apreciar lo afirmado anteriormente.

El alumnado generalmente presenta un proceso de aprendizaje que es mecánico y poco estimulante de sus facultades cuestionativas y cognoscitivas. Y esto no sólo por falta de dinámica del profesor. Cuesta encontrar a un alumno que se dedique a mirar por sí mismo y que saque sus propias conclusiones a partir de premisas presentadas. Y este es el segundo aspecto, el más llamativo, de lo llamado efecto mágico: al estudiar aprendiendo contenidos de memoria, especificando (lo que no siempre es malo) sólo sus conceptos o definiciones, estableciendo las relaciones entre las cosas como algo dado de por sí según lo dicho o escrito por una autoridad, se produce en la concepción latente de un individuo lo mágico como una concepción de mundo. Lo mismo para quienes se resisten al aprendizaje y quienes se resisten al diálogo. Para aquellos a quienes obviamente no cautiva este panorama.

En consecuencia, se tomará todo como si al fin de cuentas no fuese todo esto más que un medio para logros académicos, de los cuales se hace un uso manipulante. Actitud resultante que se reproducirá desplazándose en toda otra realidad próxima o futura.

Quizá crean que exagero, sobretodo con la diferencia entre casos individuales o de establecimiento. Pero un diagnóstico comparativo entre clases privilegiadas y marginales arrojará la comprobación de una misma actitud de fondo de parte de los alumnos, en un condicionamiento por las recompensas o el rechazo de por sí de todo intento modificador. Frente a la resistencia agresiva, de los muchachos y muchachas marginados, a ciertos modelos que se le imponen como algo ajeno a ellos, están la de una cínica complacencia de las clases dirigentes en la inculcación recibida. Las mil y una técnicas para pasar los exámenes de la clase obrera… la “copia”, es también frecuentemente expresada por los usos modernos del Internet. Copiar es lo mismo que aprender de memoria. Y la sustancialización mágica del alumnado chileno no permitirá dirigir su mente entonces al descubrimiento de conexiones de causas-efectos de una realidad como tal, ni de la deducción o inducción propias de la científicidad y racionalidad, que hasta ahora se asumían como el poder de introducirse en el descubrimiento de la naturaleza íntima de las cosas.

Esa otra conexión laxa con respecto a los resultados que se impone dominantemente desde el exterior, introduce una función mágica ante las cosas como algo virtual, en donde sólo importan los efectos: el uso para una nota, a la que se responde muchas veces al “achunte” y que ante la vista de los jóvenes se presenta, cuando sobresale un aventajado, como un poder chamánico del saber como de aquel que “se las sabe todas”. Es en esto donde verificamos la mentalidad mágica del alumnado de nuestro país.

Al final del día, nuestros alumnos no creen que pensando podamos representarnos la naturaleza de las cosas que realmente nos rodean. Porque el momento en donde se supone adquirimos las herramientas para su comprensión no llega y menos en un ambiente en donde la ideología le presenta ante su vista a todo discurso como un juego del lenguaje.

En nuestro caso concreto: todo ha sido resultado directo de esta cadena de demandas en que se ha inscrito, desde los comienzos de nuestra reforma educativa hasta hoy en día, lo que “debe Ser” la educación según la propaganda de la misma, confundiéndolo todo en la apreciación de las personas que se han establecido como clientes y no como colaboradores de procesos.

Tampoco los debates la han posicionado en otro lugar distinto a éste, ya que se parte desde el mismo suelo común para que las posiciones parciales discutan. Al poner en el centro de ese debate a la educación como un gasto público o privado, la educación que se paga pasó a ser toda educación. En boca de los profesores demandantes de mejores sueldos –por ejemplo- ha sonado la “mala educación” como sinónimo de “mala paga para ellos”. En fin, los debates la han puesto en la inconsciente situación de algo que se exige y no de algo en lo que se colabora o se trabaja.

El alumno o educando ha quedado en medio de un proceso de demandas, usufructuando a su vez. Y cuando su ánimo estudiantil es de buena voluntad, éste se ha limitado a la mecánica de los resultados académicos. Y donde se paga por educación o donde no, los resultados de actitud en el proceso estudiantil son más o menos los mismos, sólo con la diferencia de niveles con los que se cuenta en la agrupación de clases, o sea, en el capital cultural específico con el que ya cuentan antes de entrar en la educación formal.

Es reveladoramente lamentable que esto sea tan recurrente en todos lados, afectando no sólo a la educación pública, sino también a la particular subvencionada y a la particular. Y lo que es peor, que este tipo de apreciaciones ni siquiera figuren como postura en un diálogo franco sobre ley alguna. Ya que ni los profesores, ni los alumnos o los padres, ni el gobierno, parecen asumir el tema desde un diagnóstico tal. Claro, cada cual en su parte alrededor de esta “fábrica de educados”.

La responsabilidad de las partes no es más que un discurso añejo. Sólo en ciertas escuelas donde se exige un “rendimiento” (y esto es tristemente revelador también), parecen no haber sido tragados por el mito actual. ¡Qué pena que en otros sectores reine la confusión!  Bueno, y es que uds. saben: “A RÍO REVUELTO…GANANCIA DE PESCADORES.”  Quizá sea ese el origen efectivo para producir tanta mala fe en todos lados.


LA MUERTE DEL LIBRO

diciembre 3, 2009

Después de terminar de leer uno de los libros más interesantes que he leído este año y que más bien era digno de estudio, -por lo que ni siquiera he contestado a esos típicos curiosos que te ven leyendo con interés y te dicen “¿y cuanto te demoras en leerte todo ese libro?”, tomándome todo el tiempo que necesitaba para digerirlo bien y aprender algo de él- bueno, después de leerlo digo, he tenido la tentación de escribir sobre la muerte del libro.

¿La muerte del libro? Sí, la muerte del “objeto” libro. Esa muerte que ya hace tiempo vienen prediciendo los dominadores de la computación o informáticos a la par con los panfleteros de la cultura de la imagen.

Es curioso que aunque estos modernos predicadores del apocalipsis cultural se olviden que todos los actuales productos (incluso el tan servicial procesador de texto) se basan en el simulacro de los soportes materiales que antes, es verdad, más trabajo nos daban, de todas maneras incluso en el mundo administrativo no se prescinde de la impresión, y que muchas veces sólo cuando se imprimen los textos o documentos se advierten los errores, dando cuenta sólo al pasar que nuestros sentidos aún dependen del choque con la materialidad para detectar la existencia real de algo. La lectura del papel real y no del simulacro sigue guardando un placer y comodidad únicas. O ¿será que todavía nuestra percepción es menos virtual que lo que pueda llegar a ser más adelante? Bahh! Es curioso, repito, que aunque no se den cuenta de la sobreestimada estupidez que pregonan con tanta altanería, tengan razón cuando se trata de decir que el libro como tal ha muerto.

Es que es una pena, es verdad, pero basta comparar (de ahí mi motivo) lo que yo estaba leyendo, que creo debieran leer todos para su beneficiosa liberación, con los libros que se venden en las librerías más cercanas, para entender que algo está pasando. Y es que ya ni los ignorantes cuicos que entran a los grandes supermercados o librerías compran esa pomada que hace algún tiempo eran grito y plata (libros de autoayuda, best seller de todo tipo, o libros de cocina, de decoración, etc.).

Y ahí están, apilados unos cuantos títulos que ya ni albergan algún conocimiento de interés, sin advertir la existencia de grandes filósofos, novelistas, poetas o intelectuales de todo tipo. Títulos sin brillo propio, pero con atractivos colores y tamaños,  destinados a desviarnos al parecer del impulso real que existía en el hecho de leer una verdadera obra, ya sin ser ni tomados en cuenta. Con ello, claro que el libro murió… murió por subestimado.

Con ello ha desaparecido también todo concepto de obra y  todo concepto de autor, eso se sabe. Lo que no se sabe es que también con ello ha desaparecido el concepto de inteligencia y saber.  Entonces podremos seguir más ignorantes, que para eso sí que todo esto parece cooperar… para que no nos demos ni cuenta. ¡Qué virtud no!  (  o  virtual?)


POLÌTICA A LA CHILENA

agosto 10, 2007

 

 

 

A estas alturas hablar de política en Chile es hablar de algo bastante distinto de lo que me enseñaron en la Universidad bajo los nombres de filosofía política, ciencia social o política a secas. Me refiero a ese arte que definía Aristóteles como la actividad propia de la comunidad de humanos, de la Bios-Politikós.
¿De qué  marco teórico , esquema o paradigma pragmático se puede fiar uno entonces para acercarse aunque sea un poco al quehacer político nacional de forma seria y menos edificante que los señores de la televisión?  El de la res pública?, la civitas? o el de polis griega?…  está claro que  no. Desde   el de modernización, racionalización o voluntad popular ?  Menos. Es cierto que todos ellos me servirían para acercarme a las estructuras funcionales del aparato estatal. Pero tanto se acercan como se alejan de nuestra realidad más tosca, tan pronto se prestan como una extrañeza teórica siempre dispuesta a falsear este quehacer, cubriendo los hechos más simples, mixtificando como todo discurso del que nos valemos los chilenos para ver este tipo de cosas.

Hasta mí se asoma la tentación de discutir mis opiniones bajo todo un ropaje académico o filosófico que no deje en mis adversarios más que  un bien meditado  Ahhh!!!   Síiiii… Pero sin ninguna incidencia en la práctica de la acción.
Cómo me gustaría – a veces- ser presa de alguna fuerza surrealista que me impulsara armado de revolucionarios revólveres, amenazando y exigiendo un fin a este fraude que pretende dirigir nuestros destinos.

Comencemos viendo un menudo hecho fraudulento;  Se acostumbra últimamente a basar todo tipo de acciones políticas en cálculos electorales que sirven para que nuestros políticos visualicen, por medios algo fiables, la realidad (su realidad) para el ejercicio de ir fijando ciertas escenas que permitan determinar, no el avance de nuestras fuerzas de desarrollo, como la mediocre estabilidad de sus propios componentes.  Así, cuando el pueblo elige , o mejor dicho No Elige a cierta personalidad para representante en el congreso nacional, no se ve en esto un acto legítimamente deliberado de los votantes producto de un juicio justo frente a las acciones políticas que ese personaje ha demostrado anteriormente, sino más bien un error de cálculo de parte de ellos por la circunscripción elegida,  el poco presupuesto con que se contaba para la publicidad o un mal manejo (Ojo) comunicacional. En fin, ya se ha escuchado mucho últimamente: ¨Una mala campaña¨ o  “Error Político”. Esto es un torcimiento del recto sentido de las cosas, bajo el torcimiento del sentido de los términos utilizados. Esto es lo que he querido señalar en otro lugar bajo la designación de trastoque del habla para la fijación de prácticas poco idóneas, dicho menos sofísticadamente, una perversión. Es pasar a la política por sinónimo de propaganda electoral. Y díganme si cuando decimos ¨¡Ya está haciendo política!¨ no lo decimos acaso pensando en ese sentido del término.

Entonces, de seguro, ahora, en estos mismísimos instantes nos podemos hacer una imagen de la política a la chilena y sus mezquinos cálculos;  ¨Haber , haber. El escenario que tenemos es el siguiente…¨ Y nosotros de puro nihilismo y aburrimiento; ¨Mejor ¡No hablemos de política! Ya?¨ Es el papel que nos repartieron en el guión de este enrarecido y vulgar espectáculo.

 

 

 


Citas Sobre “Modernidad”

agosto 7, 2007

“El emplazamiento fundamental de la modernidad es el “técnico”. Dicho emplazamiento no es técnico porque haya máquinas a vapor y posteriormente motores de explosión, sino al contrario: si hay cosas tales es porque la época es “técnica”. Eso que llamamos técnica moderna no es sólo una herramienta, un medio en contraposición al cual el hombre actual pudiese ser amo o esclavo; previamente a todo ello y sobre esas actitudes posibles, es esa técnica un modo ya decidido de interpretación del mundo que no sólo determina los medios de transporte, la distribución de alimentos y la industria del ocio, sino toda actitud del hombre en sus posibilidades; esto es; acuña previamente sus capacidades de equiparamiento. (…) A esta sumisión acompaña la actitud de poner a todo bajo planes y cálculos para, a su vez, aplicarlos a amplios períodos de tiempo, con el fin de poner a buen recaudo de una manera consciente y voluntaria a lo susceptible de duración, mediante una duración tan grande como sea posible.”

“Esta voluntad es, desde hace tres siglos, la oculta esencia metafísica de la modernidad. Aparece bajo esbozos y ropajes diversos que no están seguros de sí mismos, ni de su esencia. Que esta voluntad obtenga en el siglo veinte la figura de lo incondicionado, lo ha pensado ya de antemano Nietzsche con claridad. Tanto el querer acompañar a esa voluntad de dominación incondicionada del hombre sobre la tierra como la ejecución de esa voluntad, albergan en sí esa sumisión a la técnica que, por ello, no aparece tampoco ni como contravoluntad, ni como no-voluntad, sino como voluntad, lo que significa que también aquí es realmente efectiva.”

“Puede que las circunstancias políticas, las situaciones económicas, el crecimiento demográfico y cosas similares sean los motivos y sectores más práximos para la ejecución de esa voluntad metafísica de la historia acontecida del mundo moderno, pero nunca son su fundamento ni su meta. La voluntad de conservación, y esto significa siempre la voluntad de incremento de la vida y de su duración, trabaja a sabiendas contra el ocaso, sin ver en aquello que tiene poca duración más que lo defectuoso y sin vigor.”

(Martin Heidegger, Conceptos fundamentales. Madrid, ED. Alianza, 1989. págs. 45-47)


Citas Sobre “Modernidad”

agosto 7, 2007

“Si tratamos de considerar la filosofía occidental desde el punto de vista de la unidad de una ciencia, no puede dejar de reconocerse, desde mediados del siglo pasado, una decadencia con respecto a las épocas precedentes. Dicha unidad se ha perdido, tanto en la determinación del fin como en el conjunto de sus problemas y métodos. Al comienzo de la Edad Moderna, cuando la fe religiosa fue enajenándose cada vez más en una convención carente de vida propia, la humanidad intelectual se elevó hacia una nueva gran fe: la fe en una filosofía y ciencia autónomas. La cultura entera de la humanidad había de ser guiada y esclarecida por intelecciones científicas y, en virtud de ello, reformada en una nueva cultura autónoma.”

(Edmund Husserl, Meditaciones Cartesianas, Madrid, ED. Tecnos, 2002. págs. 7-8.)